Ahora que ya no estoy enamorada de vos me di cuenta cuánto te quiero.

No muchas personas conocen la diferencia entre amar y estar enamorado, de hecho la mayoría piensa que no existe tal diferencia. Psicológicamente hablando son dos cosas MUY distintas.

La etapa del enamoramiento se caracteriza por la idealización, encontrás a alguien con quien compartís gustos, los dos odian el reaggetón, ambos son fanáticos de Woody Allen, siguen las mismas series, ¡hasta su gusto de helado favorito es el mismo! Mágico, faltan duendes y hadas acompañándolos en cada uno de sus paseos.

Los detalles como por ejemplo que los pedos de él huelen como si se hubiera comido un canapé de muerto y no le importa soltarlos así estén en el estreno a sala llena de la nueva de Superman, o que ella trata como el culo a todos los mozos cuando van a comer “porque son la servidumbre, se tienen que ubicar” ¡Paráaaa Reina de Inglaterra, fijate que tenés un whatsapp de tu vieja recordándote que cuando vuelvas te toca limpiar el baño! Y como esas, miles, son esos pequeñas cosas que parecen inexistentes ante la ceguera emocional también conocida como “enamoramiento”, tranquilos, psicólogos afirman que es una etapa que dura entre tres y seis meses.

¿Qué pasa después?

Bueno, depende, una vez que la niebla de corazones, arcoíris y unicornios se disipa nos encontramos con la persona tal cuál es, con todas esas cosas maravillosas que ya conocíamos pero también con sus defectos, pueden ocurrir varias cosas, las dos más comunes son: huír despavoridos ante tal descubrimiento o, como me pasó a mí en este caso, darte cuenta que amás completamente a esa persona, aunque finalmente no tengas una relación de pareja y terminen siendo amigos.

En mi caso es un amor que va más allá de las etiquetas o la química sexual, es la sensación de que quiero que esa persona nunca se vaya de mi vida, la alegría de despertarme todos los días y saber que cuento con su amistad, preocuparme cuando está triste o enojado, alegrarme cuando lo veo feliz, interesarme por sus proyectos, en fin, sentimientos genuinos que te llevan a querer que sea tu carry para siempre esté en tu vida para siempre…

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¿Quién paga en la primera cita? Post dedicado a Male Pichot.

Recién estaba hablando con Federico y surgió la eterna discusión: “Quién paga en la primera salida”, o mejor dicho, las primeras salidas. Este chico no dudó en argumentar que en los tiempos que corren, con la mujer inserta en el mercado laboral y toda esa perorata, lo correcto es que paguen a medias.

¡ERROR!

Para los hombres heterosexuales solteros que leen mi blog, jamás se les ocurra aceptar que una mujer pague su parte de la primera salida. (Al menos si tienen intención de verla más de una vez).

Aclaro, estoy a favor de que la mujer sea económicamente independiente, de que se compartan los gastos en las parejas y todas esas cosas que tanto le gustan a Malena Pichot, pero también soy realista y les garantizo que para la mayoría de nosotras, si un hombre acepta que paguemos nuestra parte de los gastos, es un tipo al que instantáneamente descartamos.

¿Por qué? Al igual que ustedes, en las primeras citas evaluamos todo lo posible a quien tenemos enfrente, sopesando virtudes y defectos para ver si continuamos viéndolo. Para que lo tengan en cuenta: uno de los peores defectos en un tipo es que sea tacaño.

Ante esta afirmación algunos van a empecinarse en culpar a Disney y sus dichosos cuentos de hadas, ¿con quién se quedaba la protagonista? ¿con el bibliotecario? ¿con el panadero? ¿con el vago del Plan Trabajar? ¡no, con el príncipe azúl que vivía en castillo gigante! (con miles de sirvientas que lo limpien por nosotras). Igual quédense tranquilos porque las mujeres con cerebro no compramos esa farsa, tal vez porque con la pinta de trolo que tiene Guillermo de Cambridge, o la caripela de boludo de Felipe de Borbón se nos fue todo el interés por los miembros de la Realeza, ¿quién sabe? pero sí hay otra cara de la moneda que es justamente a la que apunto con este post.

No me mal interpreten, no digo que deban mantenernos, lo que digo es que estamos antropológicamente atraídas por los hombres que puedan proveer a su familia, desde la época de las cavernas en las que salían a cazar hasta la actualidad, porque podemos haber evolucionado mucho pero hay cosas que nunca cambian. Estadísticamente esto es así, aunque juremos que no queremos casarnos ni tener hijos, hay una milésima de segundo donde nos imaginamos cómo se verían como padres de nuestros hijos, por más creepy que suene eso es algo que hace hasta la más feminista de las mujeres, aunque lo niegue a muerte. Ni hablemos sobre la actitud que adopta un hombre que tiene cierto poder adquisitivo con respecto a uno que no lo tiene, por más horrible que sea, el dinero se asocia con el poder y el poder funciona para ustedes como una inyección de confianza instantánea que luego repercute en todos los demás aspectos de su vida, ojo que esto no es algo que hayamos establecido nosotras, son todas asociaciones que hacen ustedes mismos, son sus conclusiones las que los condenan (y nos condenan a nosotras, muchas veces, al tener que actuar en consecuencia).

Eso sí chicos, si pasan dos o tres salidas, o sea más o menos el tiempo promedio en el que una determina si quiere seguir viéndolo, y la señorita en cuestión no insiste en comenzar a pagar su porcentaje, les recomiendo que le den una soberana patada en el culo: si una mina no comienza a sentirse incómoda con que el hombre banque todos los gastos probablemente espere que eso suceda durante toda la relación, salvo que eso sea lo que ustedes quieran que suceda, taza taza, cada uno a su casa.

De más está decir que es mi opinión, sustentada en innumerables estudios psicológicos, pero sigue siendo sólo mi humilde (?) opinión, así que príncipes desteñidos que hayan comprado la fantasía Disney y Malenas Pichot del cyberespacio, ¡vengan a mí! acá estoy para escuchar sus boludeces sus versiones de la historia.

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