El día que hice llorar a un nene de 13 años.

ADVERTENCIA: Si nunca jugaste online, quizás no entiendas gran parte del contenido de este post.

Lux y Sona

Hay una frase muy famosa que dice “si quieres conocer realmente a un hombre, dale poder”, la mejor versión en mi caso sería “Si querés conocer realmente a alguien, jugá online con él y fijate qué pasa cuando van perdiendo”.

Cualquiera que haya jugando conmigo una partida de League of Legends (juego online de género MOBA) sabe que es mejor hacerme caso, o voy a hacer de su existencia un infierno cada segundo que dure la partida. Así de simple. En la vida real soy una persona tierna, dulce, encantad…BUENO, NO, pero definitivamente no soy ni remotamente tan hija de puta como cuando estoy jugando al LoL. ¿Por qué? No sé, debería charlarlo con mi psicóloga: instintos competitivos, baja tolerancia a la estupidez, tendencia nata al liderazgo. Aparentemente vamos a tener unas cuantas sesiones para entretenernos, pero lo cierto es que ese juego del demonio saca lo mejor y lo peor de mí. Sobre todo lo peor.

Jugando LoL conocí gente maravillosa, a algunos a pesar de vivir a miles de kilómetros, los quiero inclusive mucho más que la mayoría de la gente que frecuento de toda la vida (Luis, Eli, Mike, estoy hablando de ustedes, no hace falta que lo diga, ¿no?).

Uno de mis “cyber-amigos-loleros” más queridos es Pablo. Pablito tiene 13 años, vive en España y es lejos el niño más adorable que puedan conocer en su vida: Respetuoso, super aplicado con los estudios, atento, con una voz y acento divinos, tan tierno que hasta le dan miedo los animes de terror. Estar en el mismo equipo con Pablo es un placer, pertenece a esta generación en la que los juegos se les dan tan bien que una siente que podrían rescatar a la Princesa Peach en media hora. Es el hermanito menor que nunca tuve, y yo para él la hermana mayor con la que finalmente se lleva bien (probablemente porque no vivimos en la misma casa) así que decidimos cagarnos en la genética que nos separó y auto-proclamarnos hermanos. No sé si será porque mi familia es asquerosamente disfuncional o por lo maravilloso que es él, pero de mis hermanos es, sin dudarlo ni un segundo, el que más quiero.

Un día como cualquier otro nos encontramos cinco amigos a jugar, todo bastante normal, buena composición de equipo, conferencia en Skype para poder coordinar bien las jugadas, nada podía salir mal… hasta que Pablito le armó de primer ítem a Lux “Liandry’s Torment”. Más allá del debate que se pueda generar sobre si es un buen ítem para ese campeón, todos sabemos que lo primero que nuestra querida dama de luz necesita es MANÁ, en cantidades industriales. Me da una vergüenza infinita recordar la rudeza con la que le hablé ese día, olvidé por completo no únicamente que el LoL es sólo un juego, sino también que Pabli tiene apenas 13 años. Después de soportarme gritándole durante media hora, no pudo más y rompió en llanto, desconsolado, prácticamente suplicando perdón ante tal atrocidad cometida. No mató accidentalmente a mi gato, no me manchó mi remera favorita con lavandina ni me gastó todas las vidas del Candy Crush (¡menos mal, ahí sí se pudría todo!) sólo compró un ítem equivocado en un juego online.

Nunca más voy a poder presentarme ante alguien diciendo que soy una buena persona, no me van a alcanzar el resto de mis días para pedirle perdón (aunque se canse de responderme que no tuvo ninguna importancia), la culpa por lo acontecido va a perseguirme hasta el final de mi existencia, pero por sobre todas las cosas y sin importar cuánto insista en costearle el terapeuta, Pablo no va a volver a ir nunca más Lux MID mientras yo esté en el mismo equipo.

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