Los hombres ¿modernos? y la cocina.

Hablando con un amigo sobre sus desventuras culinarias, recordé este maravilloso relato de Cristina Wargon, no sé si es la versión original o está adaptada pero ciertamente es maravilloso y MUY REAL. Disfrútenlo.Imagen

“Hay cosas que sólo entienden las mujeres. No me refiero a los altos designios de la filosofía, sino a cuestiones más pequeñas: como es un dolor de ovarios o cierto tipo de cansancio desesperado. Precisamente a eso voy a referirme. El cansancio que te ataca después de laburar a full para presentar una muestra fotográfica, y cuando encima de eso, la heladera revienta, el televisor tiene un soponcio y finalmente una grita ”¡Socorro!” al varón que tiene más a mano. Claro que esperar socorro de un varón forma parte también de la inefable estupidez femenina.

En las líneas anteriores faltó agregar que, en el rubro electrodomésticos, también habían fenecido el lavarropas, la licuadora y el foquito del living (El timbre no anduvo jamás, así que no cuenta). No me miren así, ¿Acaso nunca les pasó nada parecido? La famosa rebelión de los objetos del Popol-Vuh se había reeditado en el departamento.

Pero, en época de catástrofe, lo anterior era lo de menos. Lo de ”más”, era que la señora que limpia se había tomado vacaciones dejándome a mí con mi adorable amorcito librados a suerte. Por ende, yo trabajaba tipo facenda y mi amorcito rascábase placenteramente las amígdalas.

Era obvio ”Alguien” debía hacer el almuerzo. Así fue como, mientras pelaba pepinos con la mano izquierda, acomodaba unas fotos con la derecha, leía de reojo los diarios y tiraba patadones terapéuticos al lavarropas, me largué a llorar ante los ojos ”desconcertados” de mi tierno novio. Para completar la imagen desgarradora, pretendía abrazarme a la heladera (Eso siempre produce mucho efecto), pero como la desgraciadita había sido llevada por el service, me fui al piso. Eso produjo un efecto aún peor (¡Para mi trasero!).

Mi bienamado alzóme despatarrada, moqueante y aún abrazada al repasador y con la mayor dulzura me inquirió: ”¿Qué carajo te pasa?!”.

Como queda claro, para un varón no pasaba ”nada”.

Me sequé la nariz con el pepino, eché sal en el lavarropas, piqué el repasador adentro de la ensalada y, con didáctica paciencia, le expliqué que: ¡NO DOY MÁS! (En verdad, me parece que no fui ”tan” didáctica; más aún, me parece recordar que le zampé un sartenazo). Recién ahí aterrizó y con la mayor galanura se ofreció a cocinar mientras durara la emergencia.

Con la alegría de un bombero voluntario ante su primer incendio, cazó la bolsa de las compras y esperó órdenes. Estas fueron: ”Menú de hoy, bifes con tomates”. Para facilitarle la tarea, le hice una amorosa listita. Protestó malhumorado pero partió a cumplir con la Patria.

El susodicho salió fastidiado, no por la tarea en sí misma, sino por la listita previa. ¿Para qué había leído a Bacon, Levy-Strauss, Hegel anche todos los filósofos antiguos? Sí, ¿Para qué?, me pregunté yo misma con el correr del tiempo, mientras me acordaba de mi abuela (Según la cual, la lectura pasma el seso). La cuestión es que la lista la tiró por el ascensor y al rato cayó, con… ¡un foco de luz!.

”¿Y los tomates?”, pregunté mientras comenzaba a alarmarme. ”¿Pero es que acaso no falta luz en el living?”, replicó con cara de ”¡¿Quién entiende a las mujeres?!”.

Con suavidad, con mucha suavidad, le expliqué que luz faltaba por la noche, que era mediodía, y que los foquitos de luz son altamente indigestos en ensalada. Salió otra vez refunfuñando, demoró una hora veinte (¡El almacén queda a al lado!) pero traía en la mano dos tomates anémicos por la mitad y podridos del otro lado. Antes de que mi voz resonara en las alturas y descendiera en forma de puteada, sacó del bolsillo cuatro cajas de plástico y varios autoadhesivos que, según le explicó el señor que se los acababa de vender, eran una cobertura total contra los infartos familiares.

Fue un verdadero milagro que no los estrenáramos ahí mismo, porque sentí la apoplejía trepando por mis rodillas. No caí muerta sólo por no darle esa satisfacción a mi suegra que, con tal de disfrutar del episodio, hasta habría perdido el hambre. Conté hasta doscientos cincuenta mil en jeringoza, con mi voz más dulce, le sugerí el lugar donde pegar los autoadhesivos y lo empujé otra vez a comprar bifes.

A las 13:30 (cuarenta minutos después) apareció de nuevo, esta vez sí con cara desconcertada:

– Perdón, mi amor, ¿Bifes de nalga o de cuadril?.

Todo estaba perdido. Razón tenía mi abuela, la lectura pasma el seso. ¡almorzamos un sándwich, y a otra cosa!.

De más está decir que el episodio se repitió durante todo el fin de semana (Una siempre tiene la esperanza de que aprendan, ¡¡¡ESTÚPIDAS!!!).

Hora del balance

De los episodios anteriores algunas cosas quedaron en claro:

1- O cocinar es por lo menos tan difícil como conducir un auto, o los hombres son muy tarados.

2- El varón es el único animal de la creación que no puede distinguir entre lo maduro de lo podrido.

3- Un hombre puede llegar a usar una tapa de cacerola, en lugar de un colador (¡Doy fe!)

4- Sólo ellos se las ingenian para ensuciar catorce cacerolas en una cocina donde hay sólo cinco.

5- Por algún dilema metafísico, dejan las cáscaras sobre la mesa y ponen lo picado en el suelo.

6- Se queman con ”aceite” cuando hierven agua.

7- Se cortan un dedo con la plancha de los bifes.

8- Rompen los huevos con cáscara y todo en la tortilla.

Quizá para evitar tanto fandango sólo haya que pedirles aquellas cosas que saben hacer bien… Claro que, con este razonamiento, desde hace cuatro mil años, las mujeres, como el Club de Leones, servimos.”

P.D: Al de la foto le perdonamos TODO.

Ya lo dijo Cristian Castro: La vida es maravillosa cuando una tiene el azul.

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Estoy de vuelta, no pensé que tanta gente iba a entrar al blog inclusive sin actualizarlo durante bastante tiempo, visto y considerando eso, acá estoy nuevamente a pedido del público (?) 

La vida es una cagada, esto no es novedad, podría numerar la infinidad de situaciones horribles con las que tenemos que lidiar diariamente, desde las empanadas con pasas de uvas hasta la posible inmortalidad de Mirtha Legrand, encontramos cosas escalofriantes por doquier sin tener que hacer ningún esfuerzo.

Ahora… cuando una tiene el blue, el panorama cambia DRÁSTICAMENTE:

La vida es mágica, bella, maravillosa, prístina. PERFECTA.

Para los jugadores de League of Legends no es ninguna noticia que tener el buffo blue es la sensación más gratificante del mundo, pero para los que nunca jugaron se los explico resumidamente, es un efecto temporal del juego que te da muchísima ventaja con respecto a los jugadores que no lo tienen; podés utilizar tus “poderes” con más frecuencia y se regenera la “energía” (maná) necesaria poder hacerlo. PRECIOSO.

¡¿Por qué carajo en la vida real no hay tal cosa como el blue buff?!

Que de repente podamos matar a un golem ancestral y que durante 3 minutos un par de horas, las cosas nos resulten increíblemente fáciles y gratificantes. Que la vecina chusma del 3º te salude brevemente, sin tenerte media hora hablando sobre lo caro que está el pan, pese a que el gobierno en teoría reguló el precio. Que tu madre se acuerde por una puta vez que odiás la cebolla y que no importa qué tan chiquitita la corte o cuan condimentada esté la comida, podés detectar ese apestoso sabor a kilómetros de distancia. Que tu novia salga de shopping con sus amigas en lugar de arrastrarte a vos, y pague con su propio sueldo y no con tu tarjeta de crédito. Que tu chico te devuelva la sesión de oral sin tener ni siquiera que insinuarlo. Que tu hermana deje de robarte las medias porque la muy pajera no puso a lavar las suyas y no tiene un puto par limpio. Que el correo no pierda las cartas o te haga ir a buscar las encomiendas a la loma del orto porque el pelotudo del cartero no quiso dejárselas a la empleada (por miedo a que se la afane, seguro). Que tu suegra ni piense en esbozar una sonrisa de triunfo cuando tu marido come sus milanesas con una cara orgásmica, o mejor, ¡QUE TUS MILANESAS SEAN MÁS RICAS QUE LAS DE ELLA!

Sí, son boludeces, pero tienen que admitirlo, sería utópicamente sublime que eso pasara.

Así que ya saben, busquenle el lado blue a la vida, y por sobre todas las cosas, mi queridos junglas y mids, si su amada support les pide el azul cada tanto, no sean soretes y háganla feliz durante unos tres minutitos que ella sabrá recompensarlos curándolos y defendiéndolos sin descanso.

P.D: Un saludo muy especial a Fer que no sólo me da el azul cada vez que puede y sin tener que pedírselo, sino que con sus charlas me pone en estado blue en la vida real🙂

El delivery de cosas prestadas.

A todos nos pasa que prestamos cosas a un amigo, un novio, un familia; puede ser cualquier objeto: un buzo, un libro, un CD, lo que sea, pero ¿qué pasa cuando nos peleamos con esa persona?

¡QUÉ JODIDO!

No, POSTA ES JODIDO, en condiciones ideales uno termina el vínculo y se devuelve cada uno sus cosas, inclusive los más dramáticos devuelven los regalos que le hizo el otro, cosa de no tener objetos materiales que te recuerden a esa persona, pero en la realidad el asunto se pone fulero y uno asume de a poco que cualquier cosa que le haya prestado o se haya olvidado en casa de esa persona es un objeto definitivamente perdido.

Este es un tema que me da MUCHA bronca, porque soy una persona de prestar sin reparos, hay gente que no te presta nada, ni loca, sobre todo libros, sin ir más lejos, mi amigo Diego, que le sale carísimo recomendarme libros porque como no me quiere prestar siempre termina comprando un ejemplar nuevo para regalarme, un divino. Yo sí, te presto lo que quieras y jamás pienso en el momento en que no va a volver, aunque un gran porcentaje de las veces es lo que termina sucediendo.

Libros, ropa, películas… ahí es donde estallo en ira, me gusta coleccionar películas y compartirlas con mis amigos, en muchas ocasiones volvieron pero en otras están rehenes de mis peleas o distanciamientos con estas personas, y sólo me encuentro con la sensación de ¡QUIERO MIS PELÍCULAS DE VUELTAAAAAAA HIJO/A DE PUTAAAAAA!

Para ustedes, emprendedores modernos, hipsters de las PYMES, ¿por qué carajo no inventan un servicio de “delivery de cosas prestadas”? La idea es simple, se contactan con la persona en cuestión acordando un día de recolección de las cosas y cuando ambas partes hicieron entrega se les devuelve a cada uno la cajita correspondiente. ¡Aún cobrando un monto ridículamente bajo por el servicio SE LLENAN DE GUITA! Porque realmente es un bajón esto de tener que pedirle como gauchada a un amigo que te busque “el paquete”, sobre todo si conoce a las dos personas involucradas.

Chicos, plis, compadezcanse de mí y armen ese negoción porque de verdad, posta posta, quiero mis pelis de vuelta😦